Adicción al Futuro Negro ¿En qué consiste?

¿Se puede hablar de una adicción al futuro negro? ¿Por qué podría una persona volverse adicta al futuro negro? ¿Cuáles son las consecuencias de tal obsesión? ¿Hay un tratamiento?

Aunque no se haya hablado mucho de esta obsesión, son muchas las personas que podrán ver que la adicción al futuro negro es la raíz de todos sus problemas.

Veamos a continuación la historia de Fabián…

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Siempre he sabido que soy muy inteligente. En el colegio fui el mejor de la clase; estudié toda la carrera becado… en fin, mi vida parecía perfecta hasta que comencé a vivir solo. Sin la presión y el control de mi madre.

Mi hogar era neurótico. Había muy pocas expresiones de afecto, muy poco reconocimiento y muchas recriminaciones. Desde muy pequeño aprendí a no esperar nada y luego a esperar lo peor de mis padres. Creo que era una forma de protegerme de la decepción. No esperaba que me felicitaran. Sabía que ellos iban a ver el punto negro en la pared blanca y que por eso me iban a regañar, a castigar o a privar de algún premio que me habían prometido. Así crecí. Tuve una novia optimista y me llamaba la atención cómo se ilusionaba con algunas cosas que esperaba que sucedieran y cuando no sucedían, se entristecía. Yo era inmune. No me consideraba pesimista, sino realista. Celebraba las cosas buenas cuando llegaban, perno no me ilusionaba antes, argumentando que no habían llegado.

Entonces, apenas comencé a trabajar, decidí irme a vivir solo. Quería conocerme y conocer el mundo; poder traer a mi novia a pasar la noche conmigo sin necesidad de rendirle cuentas a nadie; quedarme un domingo durmiendo hasta tarde sin que me llamaran la atención ni me hicieran sentir un caso perdido.

Pero me llevé conmigo a un monstruo que ni siquiera sabía que existía y que fue creciendo poco a poco dentro de mí hasta devorarme casi por completo. Creció tanto, que finalmente terminó devorándose a sí mismo y por eso estoy aquí contando mi historia.

El monstruo se llama “Predicciones negativas”. Era un mecanismo distorsionado de mi mente que no podía controlar. Estuvo relativamente controlado mientras mi madre me pedía cuentas, mientras me obligaba a levantarme y a cumplir con todos mis compromisos y obligaciones.

Pero apenas estuve yo conmigo mismo, sin el control de mi madre, se comenzó a manifestar como una parálisis y un deseo de aislarme. Ese era el síntoma superficial más evidente. Cada día era más difícil levantarme de la cama. Sentía que una fuerza sobrenatural me amarraba por las mañanas.

Hacía unos esfuerzos sobrehumanos para levantarme a tomar cuatro tintos bien cargados y poder comenzar el día. Llegué a la conclusión de que mi naturaleza era asocial. Prefería quedarme en casa los fines de semana, a salir con amigos. Ya tenía suficiente con el esfuerzo que hacía para levantarme de la cama entre semana, como para hacerlo los fines de semana.

Los sábados y domingos descansaba del mundo, de la vida. Me encerraba a ver televisión y no hacía nada. Así pasaron tres años.

Pero poco a poco, la parálisis y el deseo de aislarme fueron ganando terreno. Comencé a llegar los lunes tarde al trabajo, porque casi no podía levantarme… y en medio de la parálisis pensaba que iba a pasar lo peor en el trabajo; que me iban a regañar; que me iban a despedir; que mi jefe me iba a agarrar a golpes y luego me iba a humillar enfrente de todo el equipo de trabajo.

Mi vida social era prácticamente nula pero cuando socializaba por obligación, se repetían los mismos patrones; Miedo a hacer el ridículo, a los reclamos que me iban a hacer cuando llegara; miedo al rechazo.

Tuve algunas relaciones con mujeres que no me gustaban pero me buscaban, porque no era capaz de buscar a las que me gustaban. Me imaginaba que me iban a decir: “¿Yo? ¿Novia suya? Ja, ja, ja. ¡Jamás!”

Comencé a sentir el peso de mi negatividad en todos los aspectos de mi vida. En la oficina me preguntaba si había apagado la cafetera y como no recordaba conscientemente haberlo hecho, me imaginaba que la cafetera podía haber ocasionado un incendio, no solo en mi apartamento, sino en todo el edificio, y que en el incendio podían haber muerto unas cuántas personas. No le decía a nadie lo que había pensado, pero ese tipo de pensamientos se sobreponía a todos los demás y me producían una ansiedad difícil de manejar.

Casi todas las noches volvía a mi apartamento con ansiedad y preocupación, y me asomaba cautelosamente desde la esquina para ver si estaban los policías y los bomberos esperándome para llevarme preso por ser el causante de una catástrofe. Cuando veía la calle tranquila, sin sirenas ni cadáveres cubiertos con sábanas, suspiraba y me acercaba a mi apartamento riéndome de mi propia locura. Pero al día siguiente se repetía la misma historia.

Como los alcohólicos y adictos, que ven crecer los problemas que les causa su adicción, poco a poco fui viendo con preocupación cómo crecía mi problemática.

Me preocupaba sobremanera cuando me tocaba pasar por debajo de un puente por miedo a que éste me cayera encima justo cuando estuviera pasando. Y cuando me tocaba pasar debajo de un puente en un trancón, esperaba antes del puente, así el carro de atrás me desesperara con el pito, hasta el carro que iba delante de mí pasara completamente y yo pudiera hacerlo con rapidez.

Cuando tenía pico y placa, y me tocaba volver caminado, el camino entre la estación de Transmilenio y mi apartamento era una pesadilla. Yo corría ansiosamente procurando no acercarme mucho a los árboles, postes o esquinas, pues sentía que de cualquiera de esos lugares podían salir los asesinos, atracadores, o secuestradores que estaban escondidos con sus metralletas.

El único sitio en donde me sentía seguro era mi apartamento. Cuando llegaba, jadeando, sudoroso y con el pulso alterado, sentía tranquilidad y seguridad solamente en el momento en que cerraba la puerta detrás de mí… para repetir la misma historia al día siguiente… solo que cada vez se iba poniendo peor.

Esos pensamientos negativos, que alguna vez me habían servido para protegerme de la decepción en mi hogar disfuncional, se habían convertido en una fuerza sobrenatural que me manejaba como una marioneta. Yo estaba a merced de ellos y a pesar de que era consciente de que yo los producía, no sabía cómo detenerlos.

Cuando perdí mi trabajo sentí un alivio.

No tendría que salir más y con lo de la liquidación, si restringía mis gastos, podría vivir durante poco más de un año, tiempo más que suficiente para comenzar mi propio negocio desde casa.

Me fue muy bien con la planeación de lo que iba a ofrecer, el diseño de la papelería y la página web de mi nueva empresa… pero cuando llegó el momento de salir a ofrecer mis servicios, o de hacer las llamadas, mis predicciones negativas hacían que no quisiera levantarme de la cama.

¿Para qué hacía el esfuerzo, si me iban a rechazar, iba a fracasar y mis posibilidades de salir adelante eran nulas?

En ese momento sentí la impotencia ante mi tendencia a ver el futuro negro. Me di cuenta de que así era imposible vivir, así que decidí que cuando se me acabara el dinero, me iba a suicidar.

Afortunadamente se me ocurrió buscar ayuda antes de suicidarme.

Esa tendencia a ver todo negro, a esperar lo peor del mundo y la gente, es tratable y la he podido abordar desde la perspectiva de una adicción.

Lo primero que tuve que hacer fue sacarla a la luz. Contar mis pensamientos en un espacio seguro para que no me internaran en un manicomio.

Como mis pensamientos han tomado vida propia y no los puedo controlar, lo que hago es confrontarlos para mostrarme a mí mismo lo equivocados que están. Todo lo he tenido que hacer con ayuda terapéutica, sin medicamentos y con un grupo de apoyo para superar la postergación y el aislamiento compulsivos.

En este momento estoy muy contento porque no he tenido que renunciar a mi espacio independiente, estoy sacando mi empresa adelante, no puedo decir que esté llegándome el dinero a caudales, pero al menos sobrevivo y las perspectivas son que mis ingresos van a seguir creciendo. Estoy enfrentando mis miedos. He descubierto que los pensamientos negativos son la raíz de los miedos que me paralizaban y me llevaban a postergar compulsivamente. Al debilitar los pensamientos los miedos también disminuyen.

Ahora tengo una novia que conocí en el grupo de apoyo, socializo, salgo de compras, llamo a mis clientes y estoy seguro de que estoy en el camino para expresar plenamente mi potencial. Ese potencial que siempre estuvo oculto; que siempre tuve miedo de mostrar por miedo al rechazo y al fracaso.

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