Codependencia (La Historia de Marcela*) – Por Ramiro Calderón

Cuando Marcela llegó pidiendo ayuda, estaba al borde del suicidio, pero no tenía problemas. El enfermo era otro. Las dos primeras sesiones estuvo hablando de todo lo que otra persona la había hecho sufrir y de cuán buena, perfecta, compasiva y comprensiva era ella. En realidad podría parecer una chica sin problemas. Su problema de fondo era más difícil de detectar. Jamás había probado drogas, no le gustaba la sensación de pérdida de control que producía el alcohol, era bonita, agradable, se mantenía en la línea, había sido buena estudiante, ahora era buena empleada y tenía unos ingresos razonables… pero se sentía vacía e infeliz.

Su sueño era escribir y siempre lo había dejado de lado. Pero eso no era lo único que había abandonado de sí misma. Desde muy pequeña, criada en un hogar con un padre alcohólico, y olvidada por una madre cuya única función además de trabajar era estar obsesionada y preocupada por su esposo, aprendió a valerse por sí misma, y a sacrificar sus deseos y necesidades por tratar infructuosamente de “ser perfecta” y ganar un poco de cariño y aprobación de sus padres.

No recuerda su niñez como un período de risas, juegos y espontaneidad, sino como una eterna y monótona depresión; una búsqueda incesante de afecto. Además de recordarse como una niña obediente que casi no reía ni hablaba, una de las imágenes más vívidas de su niñez es acurrucada bajo la ducha, sintiéndose infinitamente sola, llorando e imaginándose que era una niña abandonada bajo la lluvia.

A los catorce años pensaba en el suicidio al menos dos veces por semana. De pronto un día apareció Luis. Él era un muchacho universitario, conocido en el barrio por ser alegre y dicharachero… y se fijó en Marcela.

Ella no lo podía creer. ¿Qué habría visto en ella, la paria, indigna, indeseable e intocable?

Con la relación, se acabó la depresión de Marcela. Comenzó a sentirse feliz y completa. No era difícil verse con Luis, pues debido al abandono por parte de sus padres siempre había sido independiente. La mayor parte del tiempo que estaba en casa, vivía sola. Así comenzó a recibir visitas de Luis todas las tardes después del colegio.

Luis era todo lo que había soñado: A veces la acogía entre sus brazos y la hacía sentir protegida y amada. No era perfecto; era soberbio, prepotente, un poco egocéntrico y egoísta; a veces la agobiaba con sus juicios y críticas, pero ella aprendió a interpretar eso como amor; él quería convertirla en una mejor persona. Los fines de semana se desaparecía para irse a beber con sus amigos y Marcela sentía ese vacío en el estómago que conocía desde la niñez a raíz de las andanzas de su padre, pero estaba segura de que poco a poco, el amor que sentía por él, lo cambiaría.

Sin darse cuenta, en nombre del amor, Marcela había caído en una de las adicciones más sutiles y destructivas en las que puede caer un ser humano: La Codependencia o adicción a una relación. Esa adicción paradójica en la que por controlar a otra persona terminó siendo controlada; en la que por tratar de hacer que otro viera la luz, terminó sumida en la oscuridad de la incapacidad de verse a sí misma; en que por tratar de liberar a su pareja de la esclavitud, terminó siendo esclava.

Comenzó a descuidar sus estudios y su vida, por tratar de controlar la manera de beber de Luis; esas conductas que tanto criticó en su madre, ahora eran lo más normal en su vida; hacía grandes esfuerzos por “aparecer casualmente” en los lugares en donde él estaba bebiendo; rehusaba invitaciones a fiestas o paseos, para quedarse en casa marcando repetidamente el número de celular de Luis, obviamente sin recibir contestación alguna. Cada vez que Luis se perdía, se sentía culpable; ella había fallado en algo; se sentía responsable de los sentimientos, pensamientos, acciones, elecciones, deseos, necesidades, bienestar, malestar y destino final de Luis; trataba de complacerlo en todo para tenerlo a su lado; le hacía comidas suculentas; tenía relaciones sexuales con él sin desearlo; tenía relaciones sexuales cuando hubiera preferido que él la abrazara y le dijera que la amaba; tenía relaciones sexuales cuando se sentía enojada y herida; se apropiaba de sus problemas y trataba de ayudarlo en todo. A veces se sentía loca y se preguntaba cómo sería ser normal.

Una vez Luis la gritó y la abofeteó delante de sus amigos. Ella se envalentonó y le pidió que la respetara. Luis le dio la espalda y se fue caminando sin decir palabra. Ella, salió corriendo detrás de él pidiéndole perdón.

La relación con Luis duró Nueve años. El final de su educación secundaria y toda su vida universitaria. Aunque ya no era la estudiante perfecta, seguía obteniendo muy buenos resultados académicos a pesar del tiempo y la energía que invertía en tratar de controlar a Luis.

Él ya había tenido varios deslices con otras mujeres, uno de los cuales le había acarreado la responsabilidad de un hijo, pero Marcela lo seguía aceptando; al fin y al cabo; “nadie era perfecto”. Finalmente un día Luis decidió dejar a Marcela para formalizar una relación con Andrea, una compañera de oficina que lo despreciaba; anteriormente había tenido algunas aventuras con ella y siempre lo había dejado por otro hombre.

Marcela no podía dejar de pensar obsesivamente en Luis; en lo enfermo que estaba al enamorarse de una abusadora, maltratadora y destructora como Andrea. Sin Luis se sentía como un cascarón vacío e inservible. Él era la luz de su existencia. Lo único que le producía esporádicamente una sensación de plenitud. Sin él no era nada. No se sentía capaz de enfrentar los desafíos de la vida; no le provocaba ir a cine, a comer, bailar, ni hacer nada. Todas las noches llegaba del trabajo a su casa, se encerraba a ver televisión hasta que se quedaba dormida, y al día siguiente se levantaba a trabajar y a repetir el mismo ciclo. En ese momento, habría dado cualquier cosa, habría renunciado lo que fuera, por volver a recibir las migajas de afecto que Luis le daba.

Así pasaron unos dos años, hasta que conoció a Enrique. Era un compañero de oficina, ocurrente y gracioso que la hacía reír cuando le contaba sus historias. Un día la invitó a comer, después se fueron a bailar, y terminaron la noche teniendo relaciones sexuales.

Enrique fue claro al explicarle que quería ser un buen amigo; nada más. Ella lo aceptó así. En la oficina eran compañeros de trabajo y los viernes en la noche salían a dar rienda suelta a toda la pasión reprimida. Luego se despedían, no se veían más durante el fin de semana y la semana siguiente repetían el ciclo.

Marcela tenía veinticinco años, unos ingresos estables, había terminado su especialización y decidió independizarse para alejarse de la disfuncionalidad de su núcleo familiar.

Tan pronto como comenzó a vivir sola, pasaba más noches con Enrique. Él iba a su apartamento dos o tres veces a la semana, tenía relaciones sexuales con ella y luego se iba para su casa. Ella comenzó a hacer cosas para que se quedara. También hizo cosas intentando obtener un mayor compromiso, compasión o ayuda de Enrique, como mentirle diciendo que creía estar embarazada, o que tenía problemas económicos. Esas conductas actuaban como un repelente contra Enrique, quien desaparecía hasta que ella le contaba que ya había salido de sus apuros. Entonces todo volvía a la normalidad de las dos o tres relaciones sexuales por semana.

A Marcela le molestaba que Enrique coqueteara descaradamente con otras compañeras de oficina delante de ella, que no se comprometiera, que ya prácticamente no hablaban, que solo la buscaba para sexo y luego la abandonaba.

Sentía que se repetía la historia, que su vida era otra vez vacía e infeliz y que entre los contados y cortos instantes de relativa alegría con los abrazos y caricias de Enrique, su vida era un océano de ansiedad y desasosiego. En ese momento pensó que él podría tener algún problema de adición al sexo, decidió que no quería, como su madre, envejecer sumida en una relación con un adicto. En ese momento llegó buscando ayuda para Enrique.

Lo más difícil para ella, fue dejar de mirar hacia los demás, y comenzar a mirar hacia adentro. Con dolor, se dio cuenta de que se le facilitaba más adivinar lo que los otros pensaban o sentían, que saber qué era lo que ella sentía y necesitaba. Empezó a buscar dentro de sí, qué era lo que la llevaba a relacionarse con personas problemáticas, poco afectivas y herméticas emocionalmente.

Una vez tomó conciencia de su codependencia y comenzó a trabajar en ella, su vida cambió radicalmente. No solamente sus relaciones sentimentales, sino todas sus relaciones comenzaron a basarse en el respeto y el amor. Pero lo más importante, es que Marcela ha acogido a esa niña abandonada y necesitada de cariño, caricias, afecto y aprobación que había dentro de sí, la ha amado con todo su ser, le ha enseñado que vale por lo que es, no por lo que hace para los demás… y al mejorar la relación consigo misma, ya no necesita llenar sus vacíos con otras personas. En este momento tiene una relación sentimental que no la debilita, ni consume todas sus energías, sino la fortalece.

A veces se obsesiona, con los problemas de las personas en los realities y quisiera decirles qué hacer o sacarlos de su sufrimiento; a veces quisiera decirle al presidente cómo manejar el país o escribirle una carta al presidente de los Estados Unidos y hacerle caer en cuenta de sus errores, pero rápidamente se acuerda del fondo que tocó por estar pendiente de las vidas de otros y recupera su rumbo.

Ahora dedica parte de su tiempo a lo que tanto soñó: Escribe textos hermosos que reflejan sus sentimientos, que espera publicar algún día y que seguramente compartiremos pronto en este blog.

*Los nombres y algunos detalles han sido cambiados para proteger la identidad de las personas.

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Si deseas obtener gratuitamente más información o ayuda sobre codependencia, comunícate con Codependientes Anónimos (http://codependientesanonimos.wordpress.com)

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